El PRI, el Ame y la tragedia de los ciclos en la mitología mexicana.



Por Alma de Quetzal.

En una de las más notables obras de los últimos tiempos sobre el encuentro entre culturas, La Conquista de América y la Cuestión del Otro, Tzvetan Todorov propone que al tiempo en que inició la colonización de “América”, una de las principales diferencias entre las culturas “prehispánicas” y la europea, representada por los españoles, era su concepción del tiempo. Según Todorov, en las culturas mayas y mexica imperaba una idea cíclica del tiempo. A diferencia de la imagen europea de que el tiempo era una línea recta que transcurría indefinidamente hacia un futuro abierto, idea altamente influenciada por el catolicismo y  salvación última, en los pueblos del “México antiguo,” el transcurrir del tiempo siempre tenía un destino, siempre era un eterno regreso a un tiempo primigenio. Por consecuencia, todo estaba definido, se sabía cómo sería el futuro porque se tenía cuenta de cómo había sido el pasado.

Esta idea ha sido rebatida por varios estudiosos, quienes dicen que esto no fue una idea totalitaria dentro de las culturas mesoamericanas y que si bien había un entendimiento del tiempo en ciclos, esto no descartaba entendimientos únicos. Sin embargo, lo que sí es cierto es que dicho entendimiento de la mitología mexicana ha tenido importancia y ha echado raíces. Tras la colonización, se entendió que el país en algún momento regresaría a ese momento en el cual el extranjero no había existido, en aquel momento donde la colonización no había tomado lugar: momento de la esencia de México. Además, los discursos nacionalistas, como la consabida premisa de la “Raza de Bronce”, también recurrieron a ese deseo por regresar al punto donde se eliminaran las contradicciones de la nación.

Uno de los períodos de la historia nacional donde esa idea flaqueó más fue en las décadas siguientes a la consolidación del régimen de la revolución y su culminación con la institucionalización de la misma con la formación del Partido de la Revolución Institucional. La estabilidad política que se logró con el sometimiento de los intereses regionales, un discurso nacionalista apoyado por la mayoría de los intelectuales, y sobre todo, un éxito económico como pocos, hizo pensar que para México lo que aguardaba era el futuro: la modernidad. Sólo había que esforzarse unos cuantos años para seguir en línea recta al progreso. Es interesante que esta idea prevaleció aun con las crisis económicas y políticas que vinieron con el agotamiento del partido y su modelo político económico. Incluso se vieron refrescadas por el fenómeno de la “alternancia”, el cual hizo pensar que simplemente había un modelo pasado de moda que tenía que claudicar, pero no la idea de que el futuro era el punto hacía donde se enfocaba el destino de México.

Sin embargo, paradójicamente, como un fenómeno de estudio para los campos de la sociología, la historia y todas las ramas de las ciencias sociales y las humanidades, la falsa promesa en que pronto se convirtió el panismo, hizo salir a flote de nuevo el bastante antiguo discurso mexicano de que el pasado es lo que se avecina. Los mexicanos no vamos hacia adelante sino hacía atrás. A partir de la última elección presidencial, han sido más que claras las alegorías del regreso del viejo régimen, y lo más interesante es que, al parecer, éstas han encontrado cobijo en muchas partes de la sociedad que ven en ello algo natural.
  
De forma espectacular, el priismo regresó a las prácticas más que probadas en sus tiempos pasados. Combinación de represión, populismo y efectividad económica. No por nada han sido tan populares las noticias que comparan las acciones del nuevo presidente con aquellas de Salinas de Gortari: motivación por las privatizaciones, búsqueda de legitimación del régimen a través de un combate a la corrupción, entendida como el encarcelamiento de prominentes personajes que antes era impensable que cayeran tras las rejas, el caso de Elba Esther Gordillo y la Quina respectivamente. La joya de la corona que demuestra el peso de esta concepción del tiempo en México, y de sus usos y abusos, se dio ayer con la obtención del campeonato nacional del equipo de fútbol América. Las pasiones se desbordaron y en segundos se sintió en el aire toda la gente que experimentó la sensación del regreso de ese pasado brillante donde dicho equipo dominaba sin par el fútbol nacional. Fue joya de la corona porque no es una gran tarea intelectual notar que fue transmitido por la televisora que ha sido la principal compañía de medios por casi un siglo y que ha estado en estrecha relación con la guardia priista y jugó obviamente un papel trascendental al lado de Peña Nieto con su parafernalia telenovelesca. Fue más que obvio que toda la combinación encontró eco en la gente. Redes sociales, medios, pláticas boca a boca y análisis intelectuales y académicos se dieron como tarea única comentar el evento.
  
Ayer el tiempo se detuvo y se vino atrás. México se entendió nuevamente como una entidad que se desplaza a un futuro conocido, no incierto como en el caso de otras culturas. Parece increíble que mientras, por ejemplo, en toda Latinoamérica las izquierdas cada vez más ganan terreno y se recurre menos al nacionalismo, en México se tome el camino completamente contrario, un giro al pasado a lo cierto y lleno de nacionalismo, lleno de todos esos iconos que nos son tan familiares: crecimiento económico basado en populismo y a costa de desigualdades sociales, intelectuales orgánicos que prefieren la plaza antes que la crítica, compañías aliadas con el régimen y dependientes de él, y oposiciones que ven una beta política más productiva en alineamiento que en proyectos. Una vez más parece que el enorme gusto por las tramas cerradas y obvias de las telenovelas y programas de Televisa no son una casualidad, no son un gusto aleatorio, tienen un profundo reflejo de los discursos imperantes en la sociedad Mexicana. El triunfo del América y su trasmisión en Televisa, bajo el manto de Peña Nieto, dejó en claro que hay una enorme parte de la población que abraza la idea de que el pasado, sea con todas las deficiencias que fuera, es nuestro futuro.