La plaza de Puerto Santo #LibroDeLaSemana

Por Dan Lee

LA PLAZA DE PUERTO SANTO (1961)
de Luisa Josefina Hernández (1928)

Un grupo de ancianos respetables se entrega a tareas misteriosas y “perversas” según uno de ellos a partir de las once de la noche. A esa hora, los viejos (y un par no tanto) reunidos en la plaza del pueblo se despiden y salen con rumbos distintos, pero no directamente a su casa, sino a ejercer su afición.

Ésa es la premisa con la que la autora de esta novela busca enganchar al lector en esta visita a Puerto Santo, ínfima ciudad costera que la narradora califica como “detenida en el tiempo” desde hace trescientos años. La atmósfera arcaica y porteña jamás es percibida por el lector. La descripción y la anécdota misma se diluyen ante las figuras macizas de los personajes, quienes toman vida y pronto se apoderan por completo de la narración.

El presidente municipal, un joven de origen humilde impuesto en el (escaso)poder para simular democracia, busca afirmarse frente a las familias de abolengo junto con su esposa adúltera y arribista. Ella trata de encantar a las hipócritas damas que se nutren de indirectas y fantasías, quienes a su vez sirven en sus casas a esposos o hermanos inútiles, en una sociedad anquilosada que pide a Hernández usa Puerto Santo y la historia como un vehículo para mostrarnos a los personajes por medio de pensamiento y acciones salpicadas de escenas más o menos chuscas. Logra en ciento treinta y ocho páginas presentar de carne y hueso a una decena de personalidades que por medio de un par de revelaciones cambian, viven y se comunican con el lector. 

La sensación es que la autora pudo haber explotado más el misterio de las aficiones secretas de los ancianos, cosa que revela sin mayor emoción (y que yo no diré). Se enfocó al desarrollo de personajes y lo logró, aunque descuidó aspectos que podrían haber hecho de este libro una novela más atractiva (enredar la trama y crear atmósfera, por ejemplo). El más grande logro es mostrar en tan pocas páginas y con una prosa llana los engranes y espejos de una sociedad plagada de mohosa hipocresía.

Cabe resaltar que, a pesar del título, en el pueblo no existe ni siquiera una iglesia, no digamos un sacerdote. La plaza es importante porque de allí parten los viejos a sus oscuros quehaceres, representa el pasado y la nueva organización que prevalecerá al final (que por cierto no contaré).

Recomendable para una tarde lluviosa de lectura ligera.