Estación Central Tris #LibroDeLaSemana

Por: Dán Lee

ESTACIÓN CENTRAL TRIS
(Varios autores. Editorial Ficticia. Ciudad de México, 2012)


“Me he dado cuenta que la ciudad es eterna. Que es anterior a los mexicas y posterior a los chilangos de hoy. Nosotros nos vamos a morir. Los políticos se van a morir. Los asaltantes se van a morir y la ciudad seguirá aquí. Eso me produce una felicidad inmensa…”                                                                        
Federico Fernández Christlieb

Andar por el Centro Histórico, al menos para mí, debe ser en desorden, con la única guía del gusto personal. Es un área rica para los sentidos que ofrece satisfacer desde los placeres intelectuales más elevados hasta los instintos más sórdidos. Para todos tiene. Al describir esta zona de la ciudad y sus personajes podríamos construir una lista muy larga de antónimos, por ejemplo: puerca-límpida, elegante-vulgar, vetusta-moderna, paupérrimo-ostentoso, popular-exclusivo y un kilométrico etcétera. Los contrastes se perciben de esquina a esquina, con sólo caminar un par de cuadras. Estas disparidades no podían ausentarse en un libro tan representativo como Estación Central tris.

El título no es gratuito. Se trata de una estación que ofrece 15 destinos a la manera de una línea del metro; el lector bien puede (y debe) seguir la ruta que le de la gana para recorrer esta “línea” de acuerdo a sus aficiones. Mas en mi rol de “guía” me tomo la libertad de sugerir tres tours que espero les allanen el camino:

            Ruta de la cultura y la tradición:
Comienza en la “Plaza de la Alhóndiga” en el cuento del mismo nombre (de Federico Fernández Christlieb) , donde en medio de la inseguridad un personaje da cátedra de cómo era el CH en la época Colonial; la violencia y el ambulantaje conviven sin costuras con la historia en las calles que un par de amantes recorren en sus andares prohibidos. En una ruta cultural no pueden faltar los templos; la siguiente parada es en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto, acompañado por “El jorobado de Nuestra Señora de Loreto”, Luciano Pérez relata la leyenda de este particular Quasimodo y su relación con la imagen que adorna dicho templo. La vida tradicional de un habitante del Centro Histórico en los sesenta la ilustra con detalle Jesús Iglesias Jiménez con “Tarea de redacción: mi casa y su entorno”, ¿cómo se entretenían los niños de la calle Bolívar en esa época?; averígüenlo en esta estación. Continuamos hasta la Plaza de Santo Domingo, donde un oficio tradicional, el de enmarcador, es presentado de forma fantástica por Paulina Ugarte Chelén en “El tretrato”. Este enmarcador en particular es ciego y se guía por cuerdas en su vivienda, como una araña, además de que habla con fantasmas, ¿así o más interesante?

El Centro Histórico se ve invadido con frecuencia por la llamada “comunidad intelectual”, que obviamente hace acto de presencia en esta ruta. En “Fantoches” , Gerardo De la Torre nos sitúa en medio de los “trabajadores del arte y la cultura”, organizados para marchar en contra del fraude electoral del 88 (sí, lector, en México ha habido fraudes electorales, aunque ud. No lo crea); acompáñenlo y agótense.

Rematamos con una invitación a degustar la comida local, específicamente el pan. En “Dulce” Adrián Calera-Grobet nos convida garibaldis y conchas al tiempo que una suegra va encontrando acomodo entre los huecos sentimentales de su viudo yerno (sí, suena enredado, pero la lectura no lo es; de hecho, es uno de los textos más logrados desde mi punto de vista, con una atmósfera horneada sin prisa y con los ingredientes necesarios, una pieza de pan minimalista. Hasta aquí con la ruta tradicional.

            Ruta “Barrio Mágico (y fantástico)”
Parte desde la Torre Latinoamericana, en la grupa de un pegaso tornasolado. Existe la oportunidad de tomarse la foto del recuerdo y despertar con ella en la mano en “Como foto polaroid” de Guillermo Samperio. Volamos hasta la Arena Coliseo, en la calle de Perú, donde evitaremos encontrarnos con el fantasma de un luchador accidentado en “La noche de Sangre India” de Dán Lee, mas no nos salvaremos de otra presencia chocarrera cuando volvamos al edificio de 44 pisos y nos quedemos encerrados allí a pasar una navidad indeseable en “Torre Latino” de Bernardo Esquinca.

El tour comienza a ponerse tétrico en la siguiente estación: “El diputado”, de Jessica Robles Calderón (el mero título ya es terrible). En el Palacio de Bellas Artes se reúnen los niños sobrevivientes a un raro Apocalipsis del que el señor diputado, para variar, apenas se va enterando… El gran H. P. Lovecraft extiende el brazo desde ultratumba, manifestándose en las siguientes dos paradas. En “El regalo navideño de Tezcatlipoca” de Elizabeth Flores, la deidad prehispánica vuelve luego de dar el rol por gringolandia a sus aposentos; elige revelar su presencia en La Torre Latinoamericana, que ha sido adornada como un enorme árbol navideño. Así es como inicia el Apocalipsis… o no, porque otro profeta, Miguel Antonio Upián Soto, vaticina un final diferente en “Emergen”; la lectura de un libro olvidado (al más puro estilo del Necronomicón), que no podía surgir de otro lado que de una librería de viejo en la calle de Donceles, desencadena el final de los días. Este bonito paseo termina con la ciudad sumergida en un diluvio y un haz de tentáculos surgiendo desde el Centro como antenas para sintonizarse con el universo.

El último recorrido  que ofrece Estación Central tris es el no panorámico, el de los rincones que no se ven desde el turibús, el de a pie, el de banquetas cuarteadas y morales fracturadas. Jamás conoceríamos un lugar por completo si nos limitamos a mirar lo que nos ofrecen los catálogos de viaje, así que para los de estómago (y otros órganos) fuerte, ofrecemos el paseo llamado:

            La ruta prohibida.
Comienza en República de Cuba, en algún antro de la escena gay. Sergio Loo muestra al lector el glamour, el apetito por la entrepierna, el choque de pieles velludas que se da en las noches céntricas en “Nos siguen matando”, relato divertido y peligroso. Del ambiente de “los putos”, el siguiente paso lógico (y equitativo de acuerdo a la perspectiva de género) es el de las “putas”. Pedro Carpintero en “El pan nuestro” se confiesa cliente asiduo de la zona de La Merced (y no precisamente de las fruterías); sorteando aceras rotas, policías corruptos y redadas de “limpieza”, llega jadeante y ávido a donde el caramelo de carne lo espera con un nombre falso y una tarifa accesible como envoltura… Este tour es corto porque es extenuante. Finaliza en la calle de San Pablo, se pasea con pereza por diversas plazas y por el reino indigente y beodo de “Museo del trago” de Rebeca Mata. Arrastremos los pies rodeados por la barahúnda maloliente envuelta en harapos; bebamos tragos sospechosos en lugares insospechados; si hay suerte, podremos contemplar cómo uno de estos zombies urbanos se encamina a esperar la muerte en un baldío detrás de la Lagunilla. Junto con él, nuestro tren ha terminado su recorrido.


Ésos son los 3 tours que propongo… pero con vehemencia sugiero que los ignoren. Partan de esta Estación Central tris en la dirección que sus ojos ordenen, pero partan. Las rutas están trazadas por los autores, los invito a transitarlas.