Estas cosas de la cárcel.

Por @Demonique_

Me siento como cuando terminas con ese chico que era un patán, te trataba con la punta del pie y no te quería ni tantito: sólo eras transitoria en su vida; pero no puedes dejar de pensarle y extrañarle aunque sabes que es un infeliz y que no te merece. Es extraño pero una parte de ti sigue pensando que puede cambiar y que tal vez puedan ser felices. Cada que pasas por los lugares que frecuentaban sientes un escalofrío del pie al alma y a veces hasta te animas a pasar cerca para ver si de casualidad lo encuentras aunque no sepas bien ni qué le dirías; de hecho, hasta las lágrimas se me escapan. Y pues no, no es nostalgia por ninguna persona, es sólo que a veces echo de menos mi antiguo trabajo, aunque siempre fue un patán conmigo y no me quería ni la mitad de lo que yo a él, sigo creyendo que pudimos hacer grandes cosas juntos…

Fueron pocos los meses en CDI, apenas cuatro, sustanciosos eso sí. Tuve el gusto de conocer gente hermosa, desesperada, harta, cansada, engañada. Mi transitorio paso por el Departamento Jurídico, me dejó desilusionada y bastamente decepcionada –más que cualquier caballero nunca-.

El primer día, me presenté entusiasmada, en la entrevista me habían dicho que iría a reclusorios y ayudaría jurídicamente para que indígenas presos consiguieran su libertad, no podía sentirme más motivada. Tras la primer semana, me sentí en uno de esos memes que muestran el contraste entre la expectativa y la realidad, no había conocido a mi jefe “estaba visitando reclusorios”, nos enviaba indicaciones por mensaje o llamadas, mi compañera y yo, sin tener mayor idea del funcionamiento del departamento, recibíamos a la gente que iba a pedir apoyo jurídico y pedíamos instrucciones por teléfono. ¡Mentira! No íbamos a ayudar a ningún indígena jurídicamente, sólo íbamos a ver cuántos podíamos sacar con el escueto recurso que nos enviaran de “oficinas centrales”. Tampoco ayudábamos en otras materias, no hacíamos nada: nada de nada.

El día de la primer visita a reclusorio llegó y de nuevo –como buena fémina crédula- llegué contentísima al Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, mi jefe seguía muy ocupado equilibrando el cosmos y otra vez nos mandaba solas: ¡Sí, a las dos chamacas babosas con nula idea de lo que era visitar un reclusorio! Entramos y todo parecía muy cordial, los custodios nos saludaban como si fuéramos hijas del mismo Zeus. Cruzamos el pasillo principal para llegar a las oficinas del área de Grupos Vulnerables, creo que nunca me habían elogiado tanto, los internos manejan todo: incluso la seguridad, los custodios están muy cansados cobrando por la lista o comprando películas piratas. Comenzamos pronto las entrevistas; verdaderas historias de horror: violación a garantías individuales, corrupción, abusos dentro de prisión, golpes, cobros absurdos, etc. Sentí que ir a la universidad había sido una verdadera perderera de tiempo, lo que los abogados –penalistas- debíamos aprender estaba ahí frente a mí: sin saber hablar español, sin ropa, sin poder avisar a sus familias que fueron detenidos justa o injustamente. Ese mismo día regresé a la oficina a armar un presupuesto, acomodé las fianzas que se podían pagar y enlisté aquellos casos que podían salir con un amparo u otro artilugio legal. Lo presenté de inmediato a la Delegada –recordemos que mi jefe peleaba en una nube por la justicia- quien sin leerlo me dijo “Bien, pregunta a Alejandro (el administrador) qué procede con el recurso”. Subí casi volando los dos pisos e hice la entrega. La respuesta fue desolada, recuerdo haber quebrado la voz, el administrador me decía –sin tener una pizca de conocimiento legal- que él no iba a sacar asesinos, violadores y mucho menos pensaba pagar fianzas de más de 20 mil pesos, me pidió que juntara un presupuesto de 200 mil pesos, inventando casos si era necesario ¡Inmunda barbaridad! Ahora sí estaba más jodida que la primer semana.

Las siguientes visitas al reclusorio me hicieron conocer otros casos aberrantes y alguno que otro verdaderamente risible. La lista de candidatos que encuadraban en el proyecto aumentaba y el dichoso recurso aún no se hacía llegar, presioné, incluso conté los casos que había conocido pero ni la Delegada ni el administrador se azoraban, ya era una realidad cotidiana por la que no pensaban luchar ni un poco.
Dentro de la delegación existían otros proyectos que apoyaban a las comunidades indígenas, el famoso POPMI que apoyaba a mujeres indígenas, entre otros. Recién pasaba un mes de mi estadía y ya me había enterado por varias fuentes que los proyectos apoyados eran inventos hechizos de parientes de la Delegada, tal vez a eso se debía que jamás existió el recurso para liberar indígenas, vaya, ni siquiera el correspondiente a los sueldos de mis compañeros –yo ni siquiera cobraba-.

Conocíamos ya los nombres de algunas personas que iban con frecuencia buscando al abogado, señores que pedían nuestra ayuda para liberar a sus hijos/esposos/hermanos, ofrecían pagar el transporte para que acudiéramos al reclusorio a hacer la investigación protocolaria y así poderles dar tristes 3 mil pesos para sus fianzas, eso valía su tranquilidad, eso necesitaban para dejar de dormir en lugares horrendos y caminar distancias absurdas para ir todos los días a buscar al pinche abogado.

Estábamos hartas, teníamos que mentir todo el tiempo, ni la Delegada ni el Jefe de Departamento Jurídico tenían la decencia de recibir a esta gente. Un día llegó un oficio de un Juez, donde pedía atento apoyo para liberar a dos indígenas en el R.P.V.O., revisé en mis listas, Aldair y Getzemani ni siquiera eran indígenas, ya los había descartado por completo porque encima de mentir, sus fianzas eran muy altas. El abogado se dignó a revisar el expediente, pidió el recurso y en menos de una semana estaban libres ¡Tremendo disparate! Odié no ser juez.

Quise meterme en camisa de once varas y me enrolé en la visita familiar con ayuda de un amigo que hice ahí dentro, traté de usar información para que mis colegas pudieran tomar algún caso pro bono y así poder ayudar. Conocí lo que era dejar de entrar en tacones y con el gafete de “Gobierno”, ahora estaba del otro lado y tenía que pagar $5.00 si mi ropa no era del gusto de las custodias, si un día decidían que la fotografía de mi identificación lucía más cachetona que yo. Vi bastantes mujeres aguantarse la rabia de que la supuesta autoridad manoseara su comida o la tirara por no ser la permitida, vi señoras de 70 años quedarse afuera llorando por no tener los benditos $5.00 para que la custodia perdonara sus pantaloncillos blancos, mientras del otro lado a cambio de un billete desfilaban bebidas alcohólicas, ropa de color prohibido y hasta pantallas de plasma. Vi mujeres en zancos con ropa provocativa entrar sin siquiera estar enrolada. Ese lugar apesta a porquería.

Me descubrieron.

Renuncié después de tres meses y los internos que conocí seguían sin su libertad, recordaba sus caras de esperanza y otras tantas de hartazgo, recordaba sus manos partidas y destrozadas por la fajina (limpieza de vajilla y baños todos los días) que se veían obligados a desempeñar para poder sacar lo de su lista (Los custodios cobran $5.00 por poner su asistencia, ajá, tienen que pagar por su derecho) recordé su desesperación, puse una queja ante el órgano Interno de Control, queja que yace aún sin respuesta (ya pasaron siete meses) y no pasa nada. La gente ahí sigue recibiendo su sueldo, todo sigue igual para ellos, qué diablos va a preocuparles que quién sabe cuántos hombres y mujeres estén pagando con sus derechos los errores cometidos, incluso, errores que jamás cometieron.

Pero como dije al principio, a veces muero por volver con este chico patán que me trató tan mal, sigo pensando que puede cambiar, que lo puedo cambiar. No sé, tal vez y sólo tal vez sea posible.