De tu partida y otros demonios.

Por @Demonique_

“Las ideas no son de nadie, andan volando por ahí: como los Ángeles”.

Citaste a Tomás de Aquino sin mencionarle lo santo, suficiente para llamar mi atención. Ya te había leído antes pero esa portada me hacía imaginar, me hacía desear leerte; recuerdo perfecto haberme aferrado a terminar Cien Años en una semana, medio dormía por hacerlo: Spock amenazó con esconderte para que no siguiera yendo somnolienta a la secundaria. No importó, te buscaba entre clases y cumplí mi meta.

Justo llegaba a Cunduacán esta mañana y mi mirada se incrustó en lo platanares “Me siento como en Macondo”-pensé, tomé fotografías y dejé que el clima me atrapara. Me llevabas a todos lados, eres el realista más mágico en mi vida, el primer hombre en tocarme con sus letras cuando te disfrazaste de Cayetano; como cuando niña y repites la escena del beso que te hace sentir escalofríos en esa película para adolescentes, yo releía esa parte cuando la chica del cabello inmenso le pertenece al sacerdote; quería ser ella. Tenía ganas de escribir como tú: hasta inicié una novela, pésima, con todas las faltas de ortografía, pero empecé a escribir. Creo que marcaste a toda mi generación -y al resto-.

Leo a todo el mundo triste y estoy segura que en esta ocasión no todos se están colgando de tu muerte para decir que son intelectuales y que devoran libros, que les encantaron todas tus obras aunque en realidad no terminaron ninguna porque les aburría tu narrativa descriptiva. A mí me encantaba, puedo jurar que vi a Remedios la bella elevarse, no hacía falta imaginación: dejabas todo perfectamente colocado para que uno pudiera desarrollar visiones. Hasta inventaste enfermedades en mi cabeza -al sentir comezón no chisto en achacárselo a los golondrinos-. Todos estuvimos incómodos en ese velorio al que nos llevaste a la fuerza, conocemos con exactitud el olor a muerte en ese ataúd, vimos juntos por primera vez el hielo, fuimos acariciadas en la celda de Sierva María y comimos de sus uvas.

¿Te habrás elevado como la chica más hermosa que he leído? ¿Tenías los ojos radiantes y la piel de recién nacido como la niña que se murió de amor? Imagino las procesiones repletas porque te fuiste: acá nadie vino a verte tendido en la cama, ni obligado por el abuelo, acá no hay más compromiso que recordarte. Pensé en Girondo y suscribo: -Muerte puta, muerte cruel (…)- Aunque las manos como tú merecen ser eternas, nos restan tus ideas inagotables, tus letras persistentes e inmortales -como Dioses-. Ojalá no tuviéramos que ser tan egoístas, tan humanos para desear que las personas que admiramos no mueran, ojalá no tuviera que dolernos tan adentro un proceso tan consecuente y natural. Te vamos a extrañar, perdón: ¡Lo vamos a extrañar, Gabriel! Y cómo no si el mundo no fue el mismo desde quete leímos y no puede ser el mismo desde entonces, ni lo será. No es sólo el mundo de las letras el que está de luto: todo el mundo lo está.

Nos enfermaste de amor, fuiste el perro cenizo que nos contagió la rabia de su redacción ¡Pinche Gabo! La tristeza no es por ti, sino por el mundo que se queda sin tu pluma.