El hombre más feliz del planeta.

Viajábamos en el auto: el chofer,  la voluntaria, el chico supervisor de área, Juan y yo. Dulce, la voluntaria, no dejaba de hacerme gestos y hacerse aire con una propaganda que traía en la mano, Javier, de plano se había puesto la mano en la nariz. Yo estaba en medio de Juan y Dulce, era evidente que también percibía el olor, pero ni siquiera quería voltear a ver a Dulce, me molestaba su patanería –Como si no se hubiera olido a sí misma tras una jornada laboral- pensé.

Juan, venía desde Michoacán dos veces a la semana, había interrumpido su trabajo como albañil porque necesitaba darle seguimiento al proceso de su sobrino: Luis, quien ya tenía sentencia dictada en el Reclusorio Preventivo Varonil Sur.

-Y, ¿En dónde te estás quedando? – Inicié la plática.

-Pues a veces voy a casa de una tía en el Toreo, pero sí me queda bien lejos estar viniendo hasta acá.

-¿A veces? ¿Cómo? Si no te quedas con ella, ¿Dónde?

-Pues en la calle, Licenciada. A veces me gasto la feria del pasaje y ni cómo.

-¡No inventes, Juan! En la calle es peligroso, se van a dar cuenta que no eres de aquí. ¿Por qué no pides espacio en los albergues?

-¡Uy, Licenciada! En los albergues no me recibieron cuando les dije que venía porque Luis está en donde está.

Me quedé callada, me dio vergüenza no saber qué responder y sólo le tomé la mano. Continuamos conversando, me contó que Luis había sido detenido arbitrariamente por unos policías que iban pasando por la construcción donde trabajaba, que ya llevaba seis meses en el Reclusorio, pero que ellos, su familia, no tenían sino dos de haberse enterado. Me dijo con pena y casi en susurro que llevaba tres días sin bañarse, con el estómago prácticamente vacío y mucha sed. Sentí  un hueco en el estómago, de nuevo: no supe qué decir.

Llegamos al Reclusorio finalmente, Javier y Dulce caminaban adelante mientras se coqueteaban. Aproveché para pasar por una máquina de chucherías, saqué un paquete de galletas y una botella de agua –yo tampoco había desayunado, pero no traía más cambio- Los dos las evaporamos en un segundo. Reunir los documentos fue un problema, Juan no tenía un solo papel que sirviera de aval ni una identificación.

-Ya valí, Licenciada. Soy un idiota, tanto viaje, tanto cansancio para nada- Se quebró, comenzó a morderse los labios mientras trataba de evitar las lágrimas.

-A ver, Juan. Primero: No me digas Licenciada porque ni siquiera he terminado la tesis. Segundo: no eres un idiota. Deja de llorar, vamos a buscar un cyber café o algo, te presto mi recibo de teléfono.

Javier trató de persuadirme para no prestarle mis documentos. Yo sabía que era un tanto peligroso, pero en el fondo, también sabía que estaba en ese trabajo para meterme en problemas. Sacamos los documentos y pagamos la fianza, nunca había visto a un hombre tan feliz: tenía sólo cuatro galletas emperador en el estómago y unos tragos de agua –de la más barata- desde hacía mínimo 15 horas, pero él era el hombre más feliz del planeta. Le veía ansioso, yo sabía que necesitaba gritar y abrazar de felicidad: “¿No me vas a abrazar, cabrón?” – le dije. Juan me dio un abrazo tímido y me sonrío.

Le pedí al chofer que nos dejara en el tren ligero, no tenía caso que nos alejara más de la línea del metro que lo llevaría a donde su tía para descansar hasta las tres de la mañana que las personas del Reclusorio, en su infinita bondad, deciden liberar a los internos. Antes de meternos, nos detuvimos en un restaurante -Si aceptan tarjeta ya la hicimos, Juan- propuse. Comimos mientras me contaba de su pueblo y me hacía una invitación formal para ir a conocerlo y probar los platillos de su esposa; le conté algunos chistes y nos privamos de la risa no sé cuántas veces.

-Muchas gracias, Licenciada. Por todo, pues.

-Me llamo Mónica. En serio no me digas Licenciada, no me he titulado.

-Para mí, Mónica, usted es la mejor Licenciada del mundo.

Sentí todas las mariposas del mundo en el estómago, ahora yo era la mujer más feliz del planeta.

-Gracias a ti. Aprendí mucho hoy. – Agradecí.

Nunca había conocido a un hombre como Juan, que sorteara una experiencia tan dura con tan buena cara. Necesitaba empaparme de esa realidad para dejar de sufrir por la mía, para entender que la forma más bella de alcanzar la felicidad es a través de la sonrisa de alguien más, fui una mujer muy afortunada, pobres de mis compañeros que se perdieron el lujo de conocerlo.


Pienso que tal vez y sólo tal vez, todos necesitemos un Juan en nuestra vida para acomodar el cubo de rubik en nuestra cabeza y en nuestras emociones. Puede que yo no sepa mucho, recordemos que ni siquiera soy Licenciada, pero creo que bien vale la pena ser feliz: sin razón, así, nada más.