Secretaría de Cultura, ¿para qué?

Zoé Robledo

Presidente de la Comisión de Radio, Televisión y Cinematografía del Senado de la República.

La nueva Secretaría de Cultura puede tener dos destinos: Un nuevo arreglo burocrático o el reconocimiento de la cultura como un elemento para tener un país más democrático. La relación entre cultura y democracia puede ser virtuosa si se reconocen las aportaciones y el potencial de la primera en el relanzamiento de nuestra imagen internacional; el combate a la desigualdad y la construcción de un camino hacia la libertad. Van tres ideas.

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I. La diplomacia pública es el futuro de las relaciones internacionales. Conforme la política exterior se abre, las relaciones e influencia de un país se miden por su gente, su cultura y su comercio. México ha desestimado esta oportunidad. Si bien no tenemos recursos militares para ejercer liderazgo sí tenemos recursos culturales para ser potencia. De Federico Gamboa a Octavio Paz, de Alfonso Reyes a José Gorostiza y Carlos Fuentes, durante muchos años entendimos que la mejor política exterior es la política cultural. Y luego se nos olvidó.

Hoy siguen existiendo embajadores que levantan la dañada imagen de nuestro país en el exterior. No son diplomáticos. Son las películas de González Iñárritu y Cuarón. Son Frida Kahlo y Rufino Tamayo rompiendo récords en las casas de subasta. Es la voz de Rolando Villazón, la música de Alondra de la Parra, la arquitectura de Enrique Norten y la danza de Elisa Carrillo. Son Elena Poniatowska y Fernando del Paso obteniendo el Premio Cervantes de Literatura. Es Jaime Sabines recitando poesía en Madrid y que la gente le pidiera sus poemas como a los mariachis se les piden canciones. Son, incluso, Los Tigres del Norte llenando estadios en Estados Unidos y Molotov llenando auditorios en Rusia. ¿Qué tienen todos en común? Que rompieron fronteras y que lo hicieron solos; a veces sin el apoyo del gobierno, a veces a pesar de él.

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II. La Secretaría también tendrá la obligación de democratizar el acceso a la cultura. Esto tiene dos momentos. Uno es el obvio y constitucional: Asegurar un acceso igualitario sin importar la condición económica, social o geográfica. El otro es más complejo: Des-elitizar la cultura. Retorcerle el cuello a la divina garza; acabar con la idea de que la cultura se limita a las expresiones y audiencias "cultas". Esto implica reconocer el arte urbano y la música callejera que recuperan el espacio público que alguna vez el Estado perdió frente a la delincuencia. Que las orquestas sinfónicas, la ópera y el ballet salgan a la calle y que el son, el ska y el performance vayan a Bellas Artes. Que Velasco y Clausell inunden los bajopuentes y que Seher One y Saner llenen los museos. Que la política cultural mexicana se abra, se llene de un nuevo ímpetu y llegue a nuevas audiencias. Del Dr. Atl al Dr. Lakra, de Silvestre Revueltas a DJ Silverio.

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III. Miguel de Unamuno declaró que la cultura era el único camino hacia la libertad, y la libertad el fin último de la democracia. ¿Es realmente libre un elector acarreado? ¿Es realmente libre un analfabeta? ¿Lo es un joven sin internet? ¿Lo es una familia que tiene que abandonar su lugar de origen a causa de la violencia? Monsiváis lo puso así: "La apuesta por la transformación política encuentra su mayor aliado en el campo de lo cultural. Si no se da la batalla cultural se puede perder la batalla política". La nueva Secretaría de Cultura tiene el gran desafío de fortalecer una verdadera democracia a través del arte. Nada mejor para contrarrestar una crisis de credibilidad, que un brote de creatividad. El Monsi tiene razón: Si en México fracasa la cultura, fracasa la política.

Fuente: Reforma