Conversaba con la madre de una de
mis amigas, una señora que comulga fehacientemente con la religión católica,
participa en diversos eventos
filantrópicos y eclesiásticos. Hablábamos sobre una conocida cuya hija está
esperando un bebé. Martha hizo una cara de sufrimiento –Pobre mujer, Dios mío-
refiriéndose a la madre de la chica en cuestión, mi amiga y yo nos miramos
consternadas, rápidamente Patricia le cuestionó:
–“¿No es un bebé una
bendición, mamá?-
-Sí, bueno, es una bendición pero dentro del matrimonio.
Dios creó el matrimonio para la concepción, para que se formen las familias.
Ambas volvimos a mirarnos con
admiración. Comenzó un debate –que obviamente no íbamos a ganar ni Patricia ni
yo- citamos los cientos de personas que conocemos que se conducen por la vida
con una conducta negativa y aberrante socialmente, y que por cierto, crecieron
en el marco de un matrimonio Católico, Apostólico y Romano. Martita terminó por
abandonar la habitación, entendió que no habríamos de aceptar su postura y en
definitiva a ella tampoco le interesaba entender la nuestra.
Me quedé con muchas dudas: Si
concibo a mi bebé y me caso antes de que nazca, de modo que al nacer yo ya me
halle en sagrado matrimonio: ¿Mi bebé sí es una bendición? Si estoy
casada y el bebé que tengo no es de mi marido: ¿Mi bebé es una bendición?; Y si
mi bebé nace muerto, ¿Qué tipo de bendición es?, Los niños huérfanos, ¿No son
bendiciones? Creo que Martita no me va a querer asesorar.
Yo siempre he querido adoptar, me
entusiasma la idea de poderle transmitir a una persona todas las cosas que sé;
eso: la etapa que más me cautiva de la vida es la formación. Considero que
tengo la posibilidad de ofrecerle a esa persona –a la que alguien más no quiso
ofrecerle nada- lo que todos los seres humanos merecemos por derecho natural:
amor. Los factores: familia, educación,
comprensión, estabilidad económica, son lo de menos. Conozco a mucha
gente que ataca mi expectativa de criar a un humanito que no engendré –Eso déjalo
para las parejas que no pueden concebir: tú estás sana- me dicen, e
inevitablemente algo me hace pensar que ese tal Dios algo tuvo que ver en la tendencia
de tales comentarios. Yo creo que ya mejor ni les menciono que me encantaría
ver a mis hijos realizarse en lo que aman y dejarlos hacer su vida sin meter mi
cuchara, las madres dan –o forman, pues- vida para que los hijos las vivan, no
como una bizarra proyección de lo que uno no tuvo las gónadas de lograr.
-¿Qué te traes, Dios? ¿Cuál es tu
problema con las mamás solteras, las parejas del mismo sexo y las locas como yo
que queremos adoptar?-
Se dice que todos esos niños que
crecen en familias –verbigracia- socialmente diferentes, van a sufrir peor que
el mismo Jesús en la cruz, que por cierto, no me queda claro si su nacimiento
fue una bendición por el contexto que ya todos conocemos. Que si los papás son
del mismo sexo: ¡Pobre criatura! Lo van a violar, le van a inyectar el virus de
la homosexualidad; que si creció sin figura paterna: ¡Pobre chamaco! Le falta
la figura de un hombre, cuando crezca no va a saber ni cómo ponerse un condón.
Que si es adoptado: ¡Dios lo guarde! Siempre tendrá la espinita de conocer a
sus verdaderos padres. ¡Cuánta marrullería!- digo yo.
La única constante importante y
necesaria es la voluntad, la voluntad de darle amor a un ser que pudiste o no
haber concebido por ti misma. La voluntad de compartir lo que eres y participar
en la formación del criterio de otro ente ¿Existirá acaso algo más fascinante
que eso? Que sus padres compartan el mismo órgano sexual, que sólo haya una
persona fungiendo el cargo de padres en su vida, o que sepa que quienes más lo
protegen en el mundo no comparten su genética no marca la diferencia. La
diferencia estriba en que ese chico, tuvo quién se sentara con él a hacer la
tarea, quién le orientara para tomar sus decisiones, quién le hablara de la libertad,
del amor, del respeto; quién le dijera que se puede comer el mundo si quiere y
al salir de esos labios perfore bien fuerte en su mente y como resultado: él lo
crea.
Me encanta esta forma tan sublime
con la que pronuncio: bebé, amor, libertad. No necesito nada más, ni la
bendición de este Dios ni de ninguno, para poder compartirle a alguien la
posibilidad de ser feliz por su propia voluntad.
Es todo y cuanto, amigos.