“Carta dirigida por don
Agustín de Iturbide a su hijo Agustín Jerónimo antes de salir de Londres rumbo
a México, esta carta es reveladora no tan sólo porque nos deja ver la
integridad personal del Libertador, sino porque también desde un punto de vista
histórico, calla a aquellos historiadores que han difamado a don Agustín
diciendo que su regreso obedecía a la ambición de recuperar su trono perdido.”
“Vamos
a separarnos, hijo mío, Agustín, pero no es fácil calcular el tiempo de nuestra
ausencia: tal vez no volveremos a vernos. Esta consideración traspasa el
corazón mío y casi parece mayor mi pesar a la fuerza que debo oponerle;
ciertamente me faltaría el poder para obrar, o el dolor me consumiría, si no
acudiese a los auxilios divinos, únicos capaces de animarme en circunstancias
tan exquisitas y tan críticas. A tiempo mismo que mi espíritu es más débil,
conozco que la Providencia Divina se complace en probarme con fuerza; si, hijo
mío, quisiera entregarme a meditaciones y a cierto reposo cuando los deberes me
impelen y el amor me obliga a hablar, porque nunca necesitarás más de mis
consejos y advertencias que cuando no podrás oírme, y es preciso que te
proporcione en pocos renglones que leas frecuentemente los recuerdos más
saludables y más precisos, para que por ti mismo corrijas tus defectos y te
dirijas sin extravíos al bien. Mis consejos aquí serán, más que otra cosa, una
indicación que recuerde, lo que tantas veces y con la mayor eficiencia, te he
dado.
Te
hayas en la edad peligrosa porque es la de las pasiones más vivas, la de la
irreflexión y de la mayor presunción. En ella se cree que todo se puede. Ármate
con la constante lectura de buenos libros y con la mayor desconfianza de tus
propias fuerzas y de tu juicio.
No
pierdas de vista cuál es el fin del hombre; estando firme en él, recordándolo
frecuentemente, tu marcha será recta: nada importa la crítica de los impíos y
libertinos: compadécete de ellos y desprecia sus máximas, por lisonjeras y
brillantes que se presenten. Ocupa todo el tiempo en obras de moral cristiana y
en tus estudios. Así vivirás más contento y más sano, y te encontrarás en pocos
años capaz de servir a la sociedad a que pertenezcas, a tu familia y a ti
mismo. La virtud y el saber son bienes de valor inestimable y nadie puede
quitar al hombre. Los demás valen poco y se pierden con mayor facilidad que se
adquieren.
Es
probable que cada día seas más observado, por consiguiente tus virtudes o tus
vicios, tus buenas cualidades o tus defectos, serán conocidos de muchos, y esta
es una razón auxiliar para conducirte en todo lo mejor posible.
Es
preciso que vivas muy sobre tu genio: eres demasiado seco y adusto, estudia
para hacerte afable, dulce, oficioso; procura servir a cuantos puedas, respeta
a tus maestros y gentes de la casa en que vas a vivir, y con los de tu edad se
también comedido sin familiarizarte.
Procura
tener por amigos a hombres virtuosos e instruidos, porque en su compañía
siempre ganarás. Ten una deferencia ciega, y observa muy eficaz y puntualmente
las reglas y plan de instrucción que se te prescriba. Sin dificultad, te
persuadirás que varones sabios y ejercitados en el modo de dirigir y enseñar a
los jóvenes, sabrán mejor que tú lo que te conviene.
No
creas que sólo puede aprenderse aquello a que somos inclinados naturalmente: la
inclinación contribuye, es verdad, para la mayor felicidad; pero también lo es
que la razón persuade, y la voluntad obedece. Cuando el hombre conoce la
ventaja que ha de producir la obra, y se decide practicarla, con el estudio y
el trabajo vence la repugnancia y destruye los obstáculos.
¿Qué
te diré de tu madre y hermanos?, innumerables ocasiones te he repetido la
obligación que tienes de atenderlos, y sostenerlos en defecto mío.
Dios
nada hace por acaso; y si quiso que nacieses en tiempo oportuno para instruirte
y ponerte en disposición de serles útil, tú no debes desentenderte de tal
obligación y deberes, por el contrario, ganar tiempo con la multiplicación de
tareas, a fin de ponerte en aptitud de desempeñar con lucimiento los deberes de
un buen hijo y de un buen hermano. Si al cerrar los ojos para siempre, estoy
persuadido de que tu madre y tus hermanos encontrarán en ti un buen apoyo,
tendré el mayor consuelo del que es susceptible mi espíritu y mi corazón; pero
si por desgracia fuere lo contrario mi muerte sería en extremo amarga, y me
borraría tal consideración mucha parte de la tranquilidad de espíritu que en
aquellos momentos es tan importante, y tú debes desear y procurar a tu padre en
cuanto a ti dependa.
En
otra carta te diré las personas a quienes con tus hermanos te dejo
especialmente recomendado, la manera con que debes conducirte con ellas, con
otras instrucciones para tu gobierno; y concluiré ésta repitiéndote para que
jamás lo olvides: que el temor santo de Dios, buena instrucción y maneras
corteses son cualidades que harían tu verdadera felicidad y tu fortuna; para
lograrlas buenos libros y compañías, mucha aplicación y sumo cuidado.
Adiós,
hijo mío muy amado: el Todopoderoso te conceda los bienes que te deseo y a mí
el inexplicable contento de verte adornado de todas las luces y requisitos
necesarios y convenientes para ser un buen hijo, un buen hermano, un buen
patriota, para desempeñar dignamente los cargos que la Divina Providencia te
destine.
Burry
Street en Londres a 27 de abril de 1824.
Agustín
de Iturbide.”