Por @gaby_vargas
¿Cuántas historias conoces como las siguientes?: el abuelo
murió por problemas derivados del alcoholismo; de los siete hijos que tuvo,
cinco murieron también por problemas relacionados con el alcohol y varios de
sus nietos hoy luchan por sobreponerse a esa enfermedad. Carmen murió de
cáncer, después de que su abuela, su mamá y su hermano fallecieran a causa de
la misma enfermedad.
Asimismo, hay historias de familiares en las que varios
heredan el mismo padecimiento: problemas del corazón, diabetes, presión arterial
alta o cualquier otro, tú nómbralo.
¿Pues qué crees? Hoy se ha descubierto que no son los genes,
sino las creencias heredadas lo que en realidad enferma a las personas. Es
decir, que la enfermedad sobreviene cuando la creencia se vuelve biología.
Dogma Central
Las investigaciones de epigenética actuales tiran abajo la
vieja teoría conocida como “Dogma Central” –termino acuñado por Sir Francis
Crick, en 1953 y publicado en la revista Nature. Crick quien fuera el
codescubridor de la estructura de doble hélice del adn, afirmaba que nuestros
genes era una especie de gran orquesta compuesta por 140 mil diferentes
elementos que determinaban nuestra identidad, dictaban las relaciones humanas y
nuestro futuro por completo, sin que nosotros pudiéramos modificarlos en lo
absoluto.
En el 2003, los científicos se quedaron atónitos al
descubrir que los humanos sólo contamos con 23 688 genes, es decir que la
orquesta se redujo a un cuarteto de cuerdas, como afirma el doctor Dawson
Church en su libro The Genie in your Genes. Y se sabe que si bien los genes
contribuyen en alrededor de 35 por ciento a moldear nuestras características,
no las determinan.
La confirmación de esta pequeña cantidad de genes, nos dice
Church, provoca preguntas como: ¿si toda la información que se requiere para
mantener al ser humano no está en los genes, entonces de dónde viene?
¿Quién
conduce el complejo sistema de engranaje de nuestros órganos?
“Diversos estudios muestran que lo que uno piensa de la
salud es uno de los indicadores más exactos de la longevidad”, afirma el doctor
Larry Dossey, en The Journals of Gerontology. Además, la práctica espiritual y
la fe pueden agregar muchos años a nuestra vida sin importar la mezcla
genética. ¿Qué tal?
Hoy se sabe que los genes tienen que trabajar en equipo para
expresarse o suprimirse en cada célula. ¿Pero en equipo con quién? Me parece
increíble saber que cada átomo, molécula, célula, tejido y sistema del cuerpo
funciona a un nivel de coherencia energética similar al estado de ánimo
–consciente o inconsciente– de la persona. Ahí influye nuestra actitud, nuestra
voluntad, nuestros pensamientos y deseos de vivir como cocreadores de nuestra
vida.
Es decir que un gen puede ser activado en el interior de
nuestro cuerpo, a partir de estados emocionales, biológicos, mentales,
neurológicos, espirituales y energéticos; y de forma externa por factores como
la temperatura, la altitud, los traumas, las toxinas, las bacterias, estilo de
vida y demás.
Así que muy pronto los doctores en lugar de recetarnos
alguna medicina –o quizá además de ella–, recomendarán cosas como desarrollar
un pensamiento, tener un día de gratitud, cultivar un sentimiento positivo,
realizar un ejercicio que fortalezca los genes, llevar a cabo un acto de
altruismo o bien, comprar una membresía en algún club deportivo o social.
Un buen mantra que adoptar sería: “Estoy sano, he estado
sano y estaré sano”. En especial puede ser benéfico en las familias en las que
determinada creencia de enfermedad se ha instalado.
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